18 Mayo 2009
Si yo hablara todas la lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que un bronce que resuena y campana que toca.
Si yo tuviera el don de la profecía, conociendo las cosas secretas, con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy.
Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve. El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante.
No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor. Pero el mayor de los tres es el amor.
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15 Mayo 2009
A veces tengo miedo de perder a alguien y,
bien pensado, tampoco sería muy grave.
He perdido mi tiempo, y a ratos
hasta he perdido la razón.
Pierdo la vida cada día que pasa
y mis ilusiones las dejé todas en el camino.
Pero perderte a ti,
a lo que hay en ti de mí,
o lo tuyo que guardo dentro,
no es lo mismo.
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10 Mayo 2009
Así como los perros muerden, son desconfiados y a menudo vuelven con el rabo entre las piernas y una mirada conciliadora, las caracolas son caprichosas y celosas y las estrellas representan un peligro cierto, las escolopendras son un misterio.
Se sabe que buscan el abrigo de órganos encarnados y palpitantes, aman pues los corazones cálidos y generosos, cuando los encuentran anidan en ellos por tiempo indefinible, de hecho no se ha logrado ver a ninguna abandonar un buen corazón caliente. Las escolopendras son reconocibles por sus ojos achinados, oscuros y estirados hacia las sienes; son amablemente tramposas y manipuladoras, y si no encuentran el camino franco hacia la comodidad de un organismo, son capaces de alterar la realidad de un modo encantador y alarmante, provocando tal avalancha de emociones en el elegido para su capricho que no habrá escape posible.
Las escolopendras son neuróticas y seductoras, sinuosas de movimientos como las serpientes, pero mucho más sibilinas. Son, sin duda alguna, y cualquiera que las conozca confirmará que no exagero, unas vitriólicas. No se sabe aún por qué una escolopendra pone la proa en alguien determinado (no es sólo la temperatura de un cuerpo), se ignora qué mecanismos utilizan para abatirlo, nunca se ha podido sorprender a una en el instante de adueñarse de su preferido, ni se tiene idea de cómo logran entrar y enroscarse en el interior más cómodo. No se ha descubierto aún qué hacen ahí dentro ni cómo obligarlas a salir una vez han entrado.
A pesar de lo dicho, yo recomendaría que, llegado el caso, os entreguéis sin gran resistencia. Pensad que por lo que parece sólo gustan de los valientes y aceptadlo en silencio.
servido por lacazadoraderratas
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14 Abril 2009
Paso a través de ti cruzando humo, sueños, deseos irrealizables. Te siento al recorrerte, al pasearte, al entrarte y salir; eres una cueva cálida con sonido de agua al fondo, un refugio a veces, una trastienda ampliada por las sombras. Te huelo para llevarte en la memoria; nada mejor que regresarte con tu aroma. Noto tu inconsistencia al adentrarme; me perturba, vibro un instante como una cuerda finísima y me dejo ir en una nota musical que se pierde en el silencio.
En ocasiones, al apearme, me has mirado como si pudieras verme; no esta carne, no estos cabellos, no esta piel (soy otra cuando vagabundeo tu nada, paladeo tu fantasía, la ilusión que crees ser). Me has mirado sabiéndome y por un instante en la tarde, por un momento en la noche, he ansiado ser, he podido ser una realidad para dar forma, para contener, para impresionar y plasmar la imagen que luego te ofrezco como un daguerrotipo en sepia de ti.
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30 Marzo 2009
Demasiado poco duran las noches ahora. Y no duerme nada. Esa luz blanca ilumina con crueldad indiferente y pasa las horas, insomne, tumbada en la cama, las sábanas en desorden, tibias, oyendo ruidos que tal vez no existen e inventando un sol de medianoche, el ártico, nieve y perros que corren.
Cierra los ojos, suspira, percibe su cuerpo de modo irreal, una dimensión absurda, como el de un ser gigantesco, inútil, torpe, varado en el lecho sin remedio. Vuelve la cabeza hacia la derecha y le mira. Él duerme, o tal vez sólo esté representando el sueño para atraparlo, se convierte en lo que el tiempo demanda. Ella, mientras, se obsesiona con las transformaciones, con las metamorfosis del día, con la negrura violada. Con el peso impuesto del que aún no quiere liberarse. No se mueve, si lo intentase ¿podría?; y se enciende, como a diario, el temor de la sangre, esa evidencia del delito. Envueltos por la nueva perversión de la noche, inmersos, sumergidos, respiran una diafanidad inconcreta, esa pura angelidad, esa locura mansa de pluma de cisne, como si todo (ellos son todo ahora) hubiera de morir hubiera ya muerto.
Nacerá en abril, piensa. El único amor sin límites.
servido por lacazadoraderratas
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22 Marzo 2009
El pasado día 17 de este mes la biblioteca Jaume Fuster, en la plaza Lesseps de Barcelona, había organizado un encuentro con el escritor Haruki Murakami. Se entraría por orden de llegada y la charla, que conduciría Isabel Coixet y presentaría Antonio Lozano, debía empezar a las 7 de la tarde.
Cuando llegué, a las 5.30, la cola ocupaba ya media plaza, y a ojo de buen cubero podía calcularse que debían de haber acudido más de doscientas personas. Entré en el recinto para informarme, las señoras del mostrador me dijeron que en la sala auditorio cabían unas doscientas personas, pero habían habilitado otra sala donde podría seguirse la entrevista en una pantalla con espacio para 50 personas.
A las 18 h. 30 aproximadamente la cola se había doblado y era muy llamativa. Personal de la biblioteca empezó a repartir billetes con numeritos, a partir de cierto número sólo se tenía derecho a ocupar la sala pequeña. Quien no tuviera no podría entrar. Más de la mitad del público se quedó fuera, pero no fue informado hasta el final. Pensé que a los organizadores les hacía ilusión poder presumir de afluencia masiva; la falta de información, de respeto y de organización no les parecía digno de consideración, pero que las cámaras de TV3 captaran su poder de convocatoria les daba una publicidad de la que se enorgullecían.
Nos dejaron entrar a las 18 h.30, de modo que el acontecimiento empezó media hora tarde. Pero eso no es importante, aquí sucede todos los días. Es una de nuestras señas de identidad. Murakami sabe sin duda que esto es España: tapas, cachondeo, sol e informalidad.
Yo pude acceder por los pelos a la sala pequeña, pero la maravillosa biblioteca no tenía sillas suficientes y algunos tuvimos que sentarnos en el suelo. Cuando me quejé dijeron que no podían preveer que viniera tanta gente. Pero, si la estancia estaba preparada para recibir a 50 personas, ¿por qué no había 50 sillas? Fácil, porque lo aceptamos y no denunciamos nunca. Lo que sí habían previsto era personal de seguridad y mossos en la entrada. ¿Les habría gustado una revuelta agresiva de lectores para salir en la primera plana de los periódicos?
Para rematar apenas se oía nada, la puerta de la sala debía permanecer abierta para que pasaran los cables; al cabo de un rato vinieron a ajustar el sonido. Pudimos al fin concentrarnos en las palabras de Murakami. Pensé que por mucho que aprecie el cine de Coixet, no me parecía la persona adecuada para sacarle jugo a ese escritor, las preguntas eran poco interesantes, superficiales, en fin...
Cuando llegó el momento de la ronda de preguntas quedó claro que en la sala de los escogidos para ver el evento en directo tampoco las cosas iban demasiado bien: no habían previsto que necesitarían un micrófono para que la voz del público llegara al autor. Murakami no oía, Isabel Coixet no oía, nosotros tampoco.
No sé si algún periódico habrá mencionado los hechos. Probablemente no: aquí, como en el resto de España, nos gusta mirarnos el ombligo y darnos golpecitos en el hombro. No aceptamos la crítica y apenas existe en nuestro país. Por eso tenemos estos políticos, estas instituciones, esta sociedad, esta pobreza de pensamiento.
Bueno.
servido por lacazadoraderratas
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13 Marzo 2009
Destrozaste esa vida, la par-tis-te en trocitos que se diseminaron al viento, se perdieron, se quemaron al sol, desaparecieron. No hay modo de decir la primera frase tibiamente. La a-ca-bas-te. Te bebiste toda la botella y rompiste la copa. Mataste a la criatura. Prendiste fuego al jardincito de atrás, el que ocultabas de tus noches felices. Desgajaste la fruta. Deshojaste el libro. Quitaste las notas a la música.
Qué afortunado, este pobrecito, con los sueños infantiles en el desván, tan bien cerrados que no hay ni que olvidarlos; si es que no existen. Los ojos que amaron sonríen; tienes todo lo que robaste una vez, nada dejaste.
Sólo esa caverna espesa, profunda, ávida, por donde serpentea la corriente helada de los días.
servido por lacazadoraderratas
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11 Marzo 2009

Fantaseo con este hostal desde mi adolescencia, cuando iba a ensoñarme a las playas de dunas que lo circundan; el Ampuries tiene un aire de decadente abandono que transporta a otros tiempos. He oído decir que lo levantaron para dar alojamiento a los arqueólogos que trabajaban en rescatar del olvido los restos de un enclave griego del siglo VI a.C., allá por 1908.
La primavera pasada dormí dos días allí y cumplí mis antiguos deseos. Las habitaciones son sobrias y se diría que hasta espartanas, no hay ningún elemento lujoso en ellas; la amplia terraza que el hostal ofrece al subir las escaleritas que se ven en la foto recompensa de los sinsabores de la vida. Dentro hay una luminosa recepción con un gran jarrón cristalino a rebosar de mandarinas para los visitantes, y a la izquierda un amplio salón donde dominan los blancos, con mórbidos sofás inmaculados. Espejos, iris y lirios. Suelos de cerámica antigua en blanco y negro.

Y las vistas más plácidas y románticas de la zona. Una brisa fresca y una luz griega, la playa con apenas dos o tres grupos de parejas con niños. Gritos lejanos de gaviotas. Escoger un sitio en la arena, nadie en varios metros, y la sorpresa de un mar transparente como si fuera nuevo, puro, intocado.
¿Veis mis pies en el agua?

Si me pierdo, buscadme en el hostal Ampuries.
servido por lacazadoraderratas
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