Lidia Rosich
Ahora ya tienes lo que querías, y tu cuerpo agotado se ha vuelto hacia la tierra. La piel, el peso, la misma comisura de los ojos cerrados mandaban un mensaje de adiós voluntario, de alejamiento, de indiferencia ahora. Pero no sólo ahora, hace meses que te habías despedido, y los asuntos de este mundo no te ataban.
Hicimos nuestro propio ritual de despedida, que debía de ser el mismo que tú esperabas. Y, bajo una delicada lluvia intermitente, la hija mayor subió la escalera y depositó la urna con tus cenizas al lado del féretro de tu segundo esposo. La familia había recorrido esa mañana la distancia que hay hasta el lugar donde todos nosotros, en diferentes estadios de nuestra vida, habíamos compartido la misma casa en el mismo pueblo pequeño, el mismo jardín, tan parecidos recuerdos.
Yo pensaba en la última imagen que ya siempre me quedará de ti, y no sé si eso es bueno: una mujer de 93 años tan absolutamente fallecida en su lecho que ni siquiera era ella. Luego fuimos a recoger las mismas hierbas que tú nos trajiste tantas veces: romero, tomillo, los limones del árbol que plantaste una vez, y así al menos recuperamos el olor conocido de nuestro pasado.
Las hijas, los nietos, volvimos a casa un poco más viejos.





Joaquín Martínez dijo
No es una despedida, es un hasta luego.
Jo
15 Abril 2010 | 10:27 PM