Así como los perros muerden, son desconfiados y a menudo vuelven con el rabo entre las piernas y una mirada conciliadora, las caracolas son caprichosas y celosas y las estrellas representan un peligro cierto, las escolopendras son un misterio.

Se sabe que buscan el abrigo de órganos encarnados y palpitantes, aman pues los corazones cálidos y generosos, cuando los encuentran anidan en ellos por tiempo indefinible, de hecho no se ha logrado ver a ninguna abandonar un buen corazón caliente. Las escolopendras son reconocibles por sus ojos achinados, oscuros y estirados hacia las sienes; son amablemente tramposas y manipuladoras, y si no encuentran el camino franco hacia la comodidad de un organismo, son capaces de alterar la realidad de un modo encantador y alarmante, provocando tal avalancha de emociones en el elegido para su capricho que no habrá escape posible.

Las escolopendras son neuróticas y seductoras, sinuosas de movimientos como las serpientes, pero mucho más sibilinas. Son, sin duda alguna, y cualquiera que las conozca confirmará que no exagero, unas vitriólicas. No se sabe aún por qué una escolopendra pone la proa en alguien determinado (no es sólo la temperatura de un cuerpo), se ignora qué mecanismos utilizan para abatirlo, nunca se ha podido sorprender a una en el instante de adueñarse de su preferido, ni se tiene idea de cómo logran entrar y enroscarse en el interior más cómodo. No se ha descubierto aún qué hacen ahí dentro ni cómo obligarlas a salir una vez han entrado.

A pesar de lo dicho, yo recomendaría que, llegado el caso, os entreguéis sin gran resistencia. Pensad que por lo que parece sólo gustan de los valientes y aceptadlo en silencio.