Una casa con vistas
Desde la ventana tengo unas preciosas vistas de yonquis chutándose a diario, mañana y tarde. Hará unos meses convirtieron en nada el edificio que linda con mi terraza; dejaron el solar vacío y se fueron. Ahora puedo contemplar la calle desde aquí, y algunas madrugadas de fin de semana me despiertan voces y sonidos que antes quedaban silenciados por paredes que ya no existen.
Los drogatas acuden hacia las once de la mañana, venidos de no sé dónde, visten invariablemente de negro, siniestros enterradores de su propia vida, se sientan, uno, o dos, a veces hasta cuatro, y el gesto de subirse una manga lo dice todo. En ocasiones aparece la policía, deben de alertarla los vecinos, los mismos que han convertido ese espacio de nadie en un estercolero; está bien para ellos lanzar basura desde sus casas, pero esa desnutrida humanidad no la quieren.
Pienso que es poco probable que construyan nada aquí en poco tiempo, la crisis parece haberlo detenido todo, atrapándonos, a unos más que a otros, en un no hay salida generalizado.
Ahora oigo voces árabes, esa jerga extraña que me gustaría poder descifrar; vienen a reunirse aquí, estos pakistaníes, como si esto fuera para ellos una especie de club social. Incluso, hace unas semanas, trajeron una mesita baja y un par de sillones, que fueron inmediatamente desalojados por las fuerzas del orden. Del orden.
Me digo, será un consuelo, que este lugar abierto es ahora un espacio útil para muchos. Un vertedero, un punto de encuentro, cierta clase de refugio donde pasar las noches, un escondite para poder perder la vida lentamente. Me digo que, en otras circunstancias, yo podría haberlo utilizarlo para las mismas cosas, y siento un extraño vínculo de aceptación cuando cierro la ventana y entro en mi cómoda casa cálida, limpia y llena de libros.





Jo dijo
Creo que el asunto se va a agravar. Terminarán poniendo un alto vallado en torno al solar para evitar las malas reuniones y otros problemillas del vecindario.
26 Febrero 2009 | 03:25 PM