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La Coctelera

lacazadoraderratas

27 Diciembre 2008

Mi hermano y yo

Vivimos juntos en esa casa rusa que hay al final de la carretera, junto al puente, mi hermano y yo.
Por la noche, cada uno en su habitación, acostados en las antiguas camas de la familia, enormes lechos de incómodos colchones de lana, con cabeceras de madera oscura enmarcadas por absurdas columnas salomónicas, oímos el sonido del río. El fragor, nuestra canción de cuna particular que nos induce al sueño. El agua fluyendo impetuosa, saltando piedras, el río verde de la vida que ha acompañado la infancia de ambos sin interrupción.
Nunca salimos de aquí. No podemos, nos perderíamos, mi hermano y yo.
Le veo por la mañana en el desayuno, sentado a la mesa del comedor ante su taza de café sin leche y sin azúcar. Hablamos muy poco durante el día, yo me siento al otro extremo, le miro leer con esa absoluta concentración que tiene desde que era un niño.
Mi hermano. Contemplo su silueta extraña, delgado como una ninfa, un junco de casi dos metros de estatura, se levanta de la silla, nunca hace ruido, sus movimientos son de una sorprendente elegancia, hipnótica, se acerca a la puerta de la casa y entonces, como acostumbra, se detiene, apoya una mano y se da la vuelta. Me mira, sus ojos oscuros me miran, se llenan de lágrimas y su hermosa voz profunda susurra: "No puedo". Vuelve a sentarse, esta vez a mi lado, en silencio.
Mi hermano tiene la piel tan blanca que cuando bebe vino puedo ver el recorrido del líquido burdeos a través de su garganta. Las venas celestes de sus muñecas, su piel sensible...
Mi hermano no puede salir de casa desde 1995. Antes sí, antes sí podía. Estudió Física en la universidad de H., matrícula de honor en su tesis de doctorado. Publicó artículos en la conocida revista Átomo, escribió libros maravillosos que los no iniciados entendían. Le entrevistaron dos veces en la televisión, en esos programas interesantes que emiten a las dos de la madrugada para noctámbulos aficionados a la ciencia. Su dulce sonrisa en la pantalla, su mirada sin parpadeos, con la luz de mercurio brillando de pasión... Cartas en su correo de mujeres entregadas, ofertas de empleo, viajes y otros países.
Hasta que aquello ocurrió.
Mató a un hombre.
Y aquí estamos, encerrados, mi hermano y yo.

servido por lacazadoraderratas 10 comentarios compártelo

10 comentarios · Escribe aquí tu comentario

wilbpack

wilbpack dijo

http://bajoelalfeizar.blogspot.com/

Lo que hay que ver. A estas alturas de mi vida..

27 Diciembre 2008 | 06:12 PM

Jo

Jo dijo

Casualidades de la vida, acabo de publicar un post titulado 'mi abuelo', hoy va de la familia.

Saludos,
Jo

27 Diciembre 2008 | 06:37 PM

Jo

Jo dijo

La vida es así, siempre tiene su lado oscuro.

Besos,
Jo

27 Diciembre 2008 | 06:45 PM

lacazadoraderratas

lacazadoraderratas dijo

Wilby, te has ido a blospot, más elegante, pero es un páramo de visitas. Me muero de curiosidad por ver lo que vas a poner en él.
Ahora me paso.

Somos luces y sombras, sí.
Y está bien que así sea porque es así como es, como diría el barquero.

27 Diciembre 2008 | 09:40 PM

elhombresentimental

elhombresentimental dijo

Prepara el samovar que vengo de visita con mi troika a vuestra Dacha. Me apetece un vino caliente con canela. mmm

El relato tiene un tono fatídico a lo IDIOTA de Dostoievsky.

Nasdrovia!

27 Diciembre 2008 | 10:44 PM

lacazadoraderratas

lacazadoraderratas dijo

¿En serio?
Estoy malita, Sentimental.

27 Diciembre 2008 | 10:48 PM

lacazadoraderratas

lacazadoraderratas dijo

Sí, la canta muy bien.
Mejor que su hacedor.
Besos.

28 Diciembre 2008 | 11:31 PM

elhombresentimental

elhombresentimental dijo

Cohen es insuperable en sus imperfecciones. A veces un cúmulo de imperfecciones suma la perfección. Leo le pone más pasión.

29 Diciembre 2008 | 03:31 PM

elhombresentimental

elhombresentimental dijo

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals

29 Diciembre 2008 | 08:36 PM

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