Una epifanía
Un ángel de pasión paseando bajo el primer sol junto a una sirena de cabellos verdes. Él es alto y frágil, y su rostro transmite una melancolía de otro mundo. Sus ojos captan la luz y cambian de color dependiendo de las sombras, a veces se oscurecen, otras tienen la transparencia de los mares del Sur, otras parecen ónices. La boca es solo un poco sensual, y hay cierto rictus de disgusto, muy leve. He visto su piel de una blancura de estatua, las venas del cuello azuladas, la mandíbula delicada, el mentón finísimo. El ángel tiene manos nerviosas, de nudillos marcados, los dedos largos. La ropa le viene un poco grande, como si no fuera suya; tal vez no hay un cuerpo debajo. Camina sin hacer ruido. Ella es un espectáculo diferente. Sus cabellos hasta la cintura vuelan a su espalda (pero no hace viento) con un movimiento de algas en el agua. Parece encender un fuego a su paso, se percibe un calor intenso, un incendio invisible. Su piel, con un brillo anaranjado, contrasta con la de su compañero, y al mirarla a la cara he sentido una inquietud incómoda. Los ojos, dos piedras húmedas y tenebrosas. Se mueve como si el aire tuviera aquella densidad del inicio de los tiempos, cuando no había seres para respirarlo. Un ángel de pasión y una sirena desquiciada paseando al amanecer por las calles del Raval. No había nadie; sólo yo los he visto.




Epifanía dijo
Con mayúscula, que con lo que cuidas el lenguaje...
3 Noviembre 2008 | 10:05 AM