Pan
(Para El guardabosques. Él sabrá por qué.)
Era Pan, que habitaba la Tierra desde el inicio de los tiempos, y había sido una presencia importante en la mente de los hombres, cuando éstos creían en la magia y en irrealidades y habían inventado los mitos para darles consistencia.
De modo que era Pan, que seguía existiendo, pero a quien ya nadie veía por un exceso de materialismo y un alejamiento de lo natural que ha traído la edad moderna, tan descreída, tan mediocre y pragmática.
Ahora, el diosecillo silvestre que tocaba la siringa para atraer a los animales del bosque continuaba recorriendo los antiguos caminos de siempre pero entristecido y solitario y conformado a no ser visto y a que el sonido de su instrumento fuera ahora tan débil.
La lagartija nerviosa le oía al pasar, el saltamontes de alas rojas o azules reconocía sus manos, los gatos, los perros de las casas vecinas podían distinguirle entre los árboles, oírle pisar las hojas muertas, desprendidas por la llegada del otoño. Y el águila y la urraca, y el grajo le reconocían en el paisaje. También sabían quién era el amanecer y el ocaso y todas las luces de la noche que salpican el cielo desde siempre. Y la piedra le sentía y la planta sabía de su roce fugaz.
Pero los hombres le habían olvidado. Y él también los había abandonado a ellos. Desinteresado de sus luchas, que no entendía; de sus máquinas velocísimas, que lo asustaban; de sus nuevos dioses, que despreciaba, Pan consumía las horas como un vagabundo sin patria recorriendo los senderos más sombríos y contemplando unos campos que aunque seguían necesitando de su fuerza, sentía como una naturaleza invadida, sucia y domesticada que lo hacía suspirar de añoranza y lo conformaba a intervenir muy poco en un mundo que ya no entendía.
El diosecillo se sabía solo. Las ninfas alegres de pies ligeros a las que antaño perseguía y poseía entre las flores habían muerto, sustituidas ahora por ruidosas y vulgares excursionistas a las que él, tan antiguo, no reconocía como hembras, con sus andares viriles, sus pantalones ajustados, sus bicicletas invasoras y su nula capacidad para lo maravilloso.
Una mañana en que el fauno se había asomado a las verdes aguas del río para contemplar su imagen desvaída, vio reflejado junto a él un nuevo rostro y levantó la cabeza sobresaltado. Supo que no podía ser ninguna de aquellas ninfas que al desaparecer habían enfriado su corazón pero tampoco pudo identificarla con las andadoras de fin de semana.
Los ojos de Pan adquirieron todas las tonalidades del otoño al mirarla, una corriente cálida subió desde sus patas de macho cabrío hasta su garganta, sintió desde el trastorno del olvido regresar aquella perdida fuerza que maduraba los frutos y supo que ella le estaba mirando como si pudiera saber quién era.
"Eres el fauno", la voz de aquella que él no conocía vibró en el aire fresco, "eres el dios natural que vive en las grutas más profundas y fertiliza la tierra. Y mira en lo que te han convertido, pareces un campesino cansado que ha perdido el rumbo".
"Sí, soy Pan, y me has reconocido. Pero ignoro quién eres tú." Las palabras surgieron como un chasquido de ramas muertas, pues hacía mucho que no tenía a quien dirigirlas.
La extraña se irguió y miró hacia el sur.
"Soy Aixa Kandisha, y vengo del norte de ese otro continente al que llaman África. Vivía entre los humedales, que se han secado, y poseo la facultad de ver a través de las cosas. He sido un súcubo, una bruja, una ninfa o una diabla, depende de las leyendas que me cuentan. Soy la que enloquece a los hombres que quieren poseerme y robarme para lograr ser dueños de un poder que no saben utilizar, por eso los destruyo."
Así se encontraron aquellas dos fuerzas antagónicas, pues Pan era el dador de vida y crecimiento y Aixa era la que arrebata el último aliento como castigo a quienes ambicionan lo que está más allá de sí mismos.
El fauno contempló a la bruja extranjera, vio la oscuridad de sus ojos mágicos pintados de khol, se perdió un instante en sus largos cabellos teñidos del arbusto rojo de la aleña, presintió las formas sinuosas a través de las ropas, sonrió al reconocer las mismas pezuñas de bestia que le caracterizaban y quiso creer que no eran tan distintos. Aceptó la mano que ella le tendía sin temer nada, pues nada podía perder quien nada retiene, y se dejó conducir por el margen del río confiando en que no sería destruido.
Se alejaron pues juntos, y si alguien creyera en su existencia hubiera podido oírles reírse del destino de los hombres.
Y tal vez también se habría fijado en cómo la mano libre de ella sujetaba con fuerza una pequeña daga de doble filo.



elhombresentimental dijo
¡Ay, que sincronizamos mentes!
Iba yo por esos lares de los dioses del bosque para los próximos post, pero te has avanzado...
Grrr. Meine Kleine Hexe
28 Octubre 2008 | 08:18 PM