El cambio
Lentamente hemos ido metiendo las cosas en las cestas. A mí me daba vergüenza, y pena, tener que sacar todo eso de casa, pero Nicolás, desde que leyó la noticia en los periódicos, ha estado intentando convencerme, y al final he accedido.
Hemos bajado la calle en silencio; bueno, mi marido no, él hablaba del tiempo (como siempre que prefiere no decir nada), de que aún no hacía frío a pesar de estar bien entrado el invierno, de que era una suerte que no lloviera. Es muy positivo.
Las asas de la cesta se me clavaban en las manos, y aunque Nicolás llevaba la más pesada casi no podía con la mía. Sentía una mano oprimiéndome el corazón, y he tenido que apretar los dientes para no ponerme a llorar.
Seguro que Nicolás se daba cuenta, me conoce demasiado para no notar cuándo estoy tragándome algo, y sabe lo mucho que me ha costado desprenderme de las cosas.
Le he seguido, pues, con la mirada baja, y él ha torcido a la izquierda al llegar al final de la calle y ha enfilado la primera a la derecha.
Hemos llegado a la plaza. Había mucha gente, de aquí y también muchos turistas. Me he quedado quieta, desorientada, sin saber adónde teníamos que dirigirnos, hasta que mi marido me ha hecho un gesto indicándome un hueco libre.
Enseguida ha venido una mujer joven, muy risueña, y nos ha preguntado si queríamos apuntar algún activo en la pizarra, es decir, ofrecer un servicio (como clases de castellano o de guitarra) para cambiarlo por otro, y si necesitábamos ayuda o saber cualquier cosa. Nicolás ha respondido que en principio estábamos informados y si podíamos instalarnos allí. Ella ha asentido, ha comentado que cualquier sitio era bueno. También ha dicho que unos puestos más allá ofrecían café gratis.
Yo miraba a la gente, pensaba que todos estaban más contentos que yo, que todos tenían la animación de Nico. Puede que algunos se estuvieran divirtiendo.
Hemos extendido una manta vieja en el suelo, una manta gris acrílica que nos quedamos una vez que fuimos a México de vacaciones, hace ya demasiado tiempo, y hemos empezado a colocar las cosas, con cuidado, una al lado de la otra.
El reloj antiguo de pared que heredé de mi padre, un modelo muy bonito de esos que ya no se fabrican y sólo pueden encontrarse en algunas tiendas de antigüedades. El joyero de plata de mi abuela que obtuvo como recuerdo cuando murió aquella señora francesa que estuvo cuidando, aún pueden distinguirse las iniciales, aunque muy borrosas por el uso: madame Ruspoly, una R y una S un poco barrocas; he olvidado lo que significaba la S, o igual es que nunca lo he sabido. La cazadora de piel de Nico, que está casi nueva, y que él dice que no necesita porque nunca tiene frío y con la sudadera le va a sobrar. El servicio de té que me regaló mi suegra cuando nos casamos, rojo china, tan moderno que aunque han pasado los años sigue resultando bonito. Un tensiómetro que era de mi madre, nunca aprendí a usarlo muy bien. También platos y unos boles de cerámica que hice yo misma en un cursillo en el que me apunté aquel año que Nico se fue a trabajar fuera y no sabía cómo llenar el tiempo sin él. La cámara de fotos, el espejo, con el azogue un poco desgastado, los cubiertos que nos regalaron Miriam y Toni aquellas navidades, tan contentos... Todas nuestras cosas, muchas otras cosas... Y algunos libros.
La gente pasaba ante nosotros, haciendo el recorrido de las paradas, todas tan parecidas; se detenían, cogían algún objeto y unos preguntaban el precio, otros ofrecían un cambio.
Me he quedado mirando la plaza, los rostros, he oído sus voces, también la de Nicolás, y me he acordado de aquel verano, cuando yo aún era soltera y no conocía a mi marido. Había ido a pasar el verano con mi hermana a Debrecen, una ciudad industrial a un par de horas de Budapest. Debía de ser agosto de 1994, y ella me llevó a lo que llamaban el mercadillo ruso. Dijo que se encontraban verdaderas gangas, antigüedades interesantes, todo aquello de lo que los ucranianos tenían que desprenderse para seguir viviendo. Estas gentes pasaban un día a la semana la frontera para vender sus posesiones, por la noche volvían a pie a sus casas y con el dinero recogido compraban la comida para resistir hasta que llegaba de nuevo el sábado y volvían a repetir la misma historia.
Allí se podía encontrar de todo: juguetes de los años sesenta, preciosos jarrones, cuberterías de plata, bolas de cristal a imitación de los pisapapeles de Baccarat, platos desportillados, ropa vieja, zapatos, e incluso calcetines usados... También vendían salchichas que hervían en unos peroles grandes de aluminio, y largas ristras de pimientos rojos, verdes, naranjas y amarillos. Yo compré unos vasitos rosa de cristal tallado que luego siempre he llamado los vasitos rusos. Eran siete, y ya sólo me queda uno.
Estaba recordando todo esto cuando Nicolás me ha preguntado si me parecía bien cuarenta por el reloj. Se ha acercado, me ha tomado suavemente de un brazo y me ha repetido la pregunta en voz baja.
Le he mirado, el cabello le caía sobre los ojos y parecía un chiquillo.
-Cuarenta está muy bien -he dicho.
Y he sonreído.




beetoloco dijo
Introspectiva kenosis... me gustó.
8 Octubre 2008 | 12:13 PM