Malone y Cnut (continuación)
Los sábados, hacia las 11 de la mañana y si hace buen tiempo, me gusta ir a correr al bosque. Aquel día decidí dar un paseo tranquilo, pues la noche pasada había llovido y el terreno estaba bastante enfangado. Llevaba una media hora caminando cuando me detuve en un claro, alcé la vista hacia las ramas de un gran roble por donde se filtraban los débiles rayos de un sol otoñal, respiré profundamente y me sentí reconciliado con el mundo. Es por eso que me gusta vivir aquí, da igual si estoy peleado conmigo mismo, si he tenido un mal día o si no he dormido bien, cuando estoy entre los pinos y robles de esta región sé que formo parte de algo infinito, o, mejor, que yo soy ese algo infinito.
Fue en esos momentos de reflexión cuando oí un leve crujir de hojas. Al bajar la vista hacia el terreno no pude evitar esbozar una sonrisa y creo que hasta me reí un poco. Allí mismo, junto a mi pie derecho, había una cría de cuervo que me miraba con todo el descaro con la cabeza ladeada como si estuviera a punto de preguntarme cuál era la mejor dirección para volver al pueblo. Estoy seguro de que el pájaro supo interpretar mi sonrisa o el sonido de una corta carcajada, porque a continuación hizo algo sorprendente: se subió a mi zapatilla deportiva.
Me puse de cuclillas con cuidado para ver mejor a mi nuevo inquilino. Él debió de sentirse intimidado por la cercanía pues se apeó con un gracioso saltito y se apartó un poco. Así pasamos los dos unos minutos observándonos. He de decir que este animal no parecía como las otras aves, y yo me di cuenta enseguida, no tengo experiencia con cuervos, e ignoro si serán como éste, pero resultaba realmente muy llamativo que un bicharraco de nada, con un cerebro del tamaño de una avellana, me estuviera dando un repaso tan exhaustivo.
En esas estábamos, no sé si midiéndonos las fuerzas el uno al otro o calibrando si éramos de fiar, cuando noté que había cambiado la luz.
El tiempo de otoño es impredecible, al mirar al cielo vi que gruesos nubarrones de color acero se cernían sobre mi cabeza; estaba claro que no tardaría en descargar otra tormenta.
Volví a mirar al cuervo, que seguía pendiente de mí como si yo fuera un insecto bajo la lupa de un entomólogo, y no pude evitar dirigirle unas palabras:
-Bueno, cuervo, encantado, pero debo volver a casa.
A continuación me di la vuelta y me dispuse a marcharme. Apenas hube dado unos pasos me llegó un sonido peculiar. No era propiamente un graznido, aunque no dudé de que venía de la garganta de aquella insignificancia con plumas.
-Cnut, cnut -dijo el cuervo, y si hubiera dicho “Nunca más”, como en el poema de Poe, no me hubiera sorprendido más.
Recuerdo muy bien lo que sentí en aquellos momentos, recuerdo el espacio cálido que se abrió en mi corazón. (No soy un sentimental yo, antes tenía un bate de béisbol, no lo olviden.) Recuerdo que pensé que iba a llover, que las noticias habían pronosticado fuertes aguaceros, que los días habían perdido el calor del verano, y que qué diablos, sólo era una cría que se había subido a mi zapato y había dicho “Cnut”. De modo que volví atrás, me incliné sobre el pájaro, puse la palma de mi mano a su altura y él, tranquilamente, subió a ella como una señorita mimada acepta un cómodo asiento ofrecido por un caballero.
Y así fue como Cnut y yo empezamos a vivir juntos.
(Continuará.)





Pitos y flautas dijo
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Las referencias son deleznables pero me quedo con el pájaro de ébano.
2 Octubre 2008 | 08:20 AM