Malone
(Para Enrique Caballero, por su ternura.)
Hay mañanas en las que me despierto con ganas de pegarle a alguien. No sé muy bien por qué, es mi carácter. Cuando era más joven me dejaba llevar por ese impulso y salía a la noche buscando bronca. Entraba en oscuros tugurios de mala muerte con un bate de béisbol y me iba paseando con cara de cabreo entre los selectos clientes del cutrebar. A veces me detenía delante de alguien con aspecto de gilipollas y me lo quedaba mirando, muy serio, mientras balanceaba el bate despacio y en silencio. El gilipollas, que solía ser gordo y estar sentado a una mesa con su birrita, solía levantarse y abandonar el local.
Pero no sólo me encaraba con los débiles, no, lo mío iba en serio, también desafiaba a elementos estremecedores. Yo no soy un tipo alto, ni estoy cuadrado, ni siquiera he sido nunca especialmente fuerte, de modo que acercarme a armarios de metro ochenta y pico, con pinta de heavy metals y pinchos en su indumentaria era estar tentando al destino.
He de decir que nunca, jamás, a nadie se le ocurrió desafiarme. Podían haberme dado una paliza de muerte, ahora creo que me la merecía, pero, sencillamente, no ocurrió.
Con los años me he ido tranquilizando, me he ido sometiendo, quiero decir que he tenido que librar una batalla conmigo mismo, y así, de algún modo, he vencido. De algún modo.
Ahora, los días en que siento de nuevo esa rabia, esa especie de quemazón en el estómago, esa inquietud, pienso que en la oficina, con mis compañeros funcionarios, podré dejarla ir de una manera más civilizada: sin bate, sin tugurio, sin que peligre mi integridad física. Así que esos días me siento a mi mesa sin saludar, enciendo el ordenador, abro el correo, y me concentro en la tarea del día. No miro a nadie, pero interiormente estoy rezando por que alguno de esos imbéciles con los que estoy forzado a trabajar hasta que me jubile me dirija la palabra.
Eso, tarde o temprano, en alguna hora de la mañana, ocurre.
-Oye -me dice la mujer más estúpida del mundo-. Qué serio estás.
Yo espero un segundo. Alzo la cabeza de mi escritorio muy despacio con mi perfecta expresión de póker, la miro desde lo más profundo de mi desprecio y respondo:
-¿Acaso te he dirigido yo la palabra? No, ¿verdad? ¿No ves que estoy trabajando? ¿No sabes que necesito silencio y concentración? Y ya que estamos, ¿no podrías cerrar la puerta al salir? Aquí hace frío.
La mujer más estúpida del mundo, palidece, o más bien, enverdece. Como aquí ya conocen mis salidas de tono, no responde. Se levanta y se va a por un café. Desgraciadamente deja la puerta abierta y puedo oír cómo le dice a uno de sus amiguitos burócratas:
-Qué raro es este tío, joder, no me acostumbro.
-Está un poco loco, pero es inofensivo -le responde la lumbrera del papeleo.
Yo no estoy loco. Por lo general estoy de buen humor, saludo a la gente y me llevo bien con todo el mundo, pero obtengo un gran placer de amedrentar al personal. Sólo a veces. Sólo los días en que me levanto de mala gaita.
Podría decir que la gente no me gusta o que me importan un pimiento, o que no necesito comunicarme, pero estaría faltando a la verdad.
Vivo solo desde que quiero recordar, y únicamente estoy dispuesto a compartir mi casa con Cnut. Cnut es un cuervo que encontré en el bosque...
(Continuará)




Jo dijo
Ajá, esperemos que nunca se te ocurra cenar al pobre cnut.
Un abrazo,
Jo
30 Septiembre 2008 | 04:38 PM