Hago cosas sin sentimientos.
Estuve cuidando a Marti hasta que murió.
Marti era uno de los cantantes fijos del club de jazz donde trabajo. Hacía diez años que nos conocíamos. Hay dos cantantes más, un hombre y una mujer, y él no era el mejor de todos, pero sí quien llevaba más tiempo en el club, como yo, y nos hicimos amigos casi desde el principio. Con los demás manteníamos una relación cordial pero distante; supongo que se debía a que ni él ni yo teníamos realmente una vida propia. Nuestros días giraban exclusivamente alrededor del club; no nos habíamos casado, no teníamos familia, nadie nos esperaba en casa al volver del trabajo, ni siquiera un animal doméstico...
Por eso cuando Marti enfermó accedí a cuidarle; él no tenía a nadie más, y prácticamente me lo pidió. Dijo que sabía que se estaba muriendo deprisa, y yo pensé que le daba miedo hacerlo solo. Así que me lo llevé a casa (vivo en la misma plaza del centro donde se encuentra el club).
Fue algo despojado de sentimentalidad, no lo hubiera hecho si hubiese podido evitarlo, pero mi ética particular me impedía negarme. Contemplaba cada día cómo iba apagándose y deseaba que aquello terminara pronto, me sabía incapaz de hacer esfuerzos a largo plazo y no quería que Marti percibiera que era una obligación. Mis únicos momentos de inquietud surgían cuando, después de haberle atendido en su lecho de enfermo, me iba a dormir y me quedaba, insomne, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, preguntándome cuánto tiempo iba a durar aquello, y reflexionando sobre mi propia muerte. Eso era lo peor de todo, el final de Marti me recordaba mi propio final, y no podía soportarlo.
Afortunadamente no duró mucho (¿hubiera vivido más en otras manos?). En cuanto el médico acudió y certificó la defunción, recogí sus cosas, hice venir a la funeraria y acabé con todo. Me sentí bien, libre de un peso demasiado grande, y aquella noche acudí al trabajo con una sonrisa.
En el club todos estaban al tanto e intentaron consolarme, interpretaron mi actitud como una señal de fortaleza y no quise desengañarles, pero interiormente deseaba que me dejaran en paz y que se olvidaran de una vez de Marti y de lo que yo había hecho por él.
Poco después pasó lo de Aristo. Vino una noche a oírme tocar porque la novia de un amigo común le habló de mí. Sé que provoco una reacción de sorpresa en el público cuando salgo a escena y me siento al piano. Soy pequeña, de complexión frágil, y parezco una cría. Tengo un rostro infantil, mis cabellos son muy rubios y lacios, y los llevo cortados a lo paje; eso y mis grandes ojos azules contribuyen a que la gente piense que soy muy joven, cuando en realidad rondo los cincuenta.
Aristo era mucho menor, diez o quince años quizá, nunca lo supe con exactitud. El caso es que me vio, me oyó tocar y empezó a venir cada noche. Me miraba tan fijamente que los cantantes me tomaban el pelo. A mí me daba lo mismo. A veces accedía a tomar algo en los descansos con mi pretendiente, otras le ignoraba y me refugiaba en el camerino. Creo que disfrutaba más huyendo de él que de los momentos que pasábamos juntos.
Una noche que me senté a su lado a tomarme una copa antes de que cerraran el local, Aristo se me declaró. Lo hizo de un modo que me hizo gracia, tras halagarme como solía (siempre me parecía que exageraba bastante pero ya se sabe que el amor es un niño ciego), pidió un bourbon, se lo bebió de un trago, y dijo:

-¿Tú no querrías salir conmigo, verdad?

Yo me eché a reír y vi que le había ofendido. Tal vez fue porque había expresado la frase en negativo y por reírme que le dije que sí. Aunque sólo me atraía un poco.
Duramos tres meses. En ningún momento de ese período logré sentir nada hacia él. Se podría decir que le seguía la corriente y que me distraía de mi rutina habitual, pero me hastiaban sus demostraciones de afecto y su demanda continua de correspondencia. Me parecía muy vanidoso por su parte creer que yo protegía mis sentimientos por miedo a que me hirieran, y que él lograría sacarme de mi ostracismo.
Me acordé mucho de Marti mientras salí con Aristo. Me daba cuenta de que me imponía deberes por motivos que desconocía y que en realidad significaban más una carga que una fuente de placer. Aristo y yo rompimos una noche que él me exigió que le abriera mi corazón; quería que le dijera que le amaba. Creo que sentí algo de compasión, pero apenas nada, cuando tuve que confesarle que le apreciaba y que el sexo estaba bien. Supongo que me creyó, porque ya no volvió a aparecer por el club y no tuve nunca más noticias suyas. Fue una liberación.
Esas son las cosas que hice sin sentimientos. En general procuro relacionarme lo menos posible, soy correcta y amable con mis compañeros, los cantantes de jazz, los camareros y la pareja gay dueña del local, pero apenas saben nada de mí y por suerte no parecen sentir gran curiosidad. Mi mayor diversión consiste en sentarme al piano y dejarme llevar, en esos momentos me siento verdaderamente dichosa, oigo la música, contemplo con agrado y satisfacción genuinos al cantante interpretando mis notas con su voz acariciadora y dulce y me llega el calor del público. Creo que eso es todo lo que necesito. Cuando se acaba la jornada saludo a mis colegas y me voy directamente a casa. Al llegar me sirvo una copa y me siento un rato a leer. Últimamente me he aficionado a Camus. Es un autor que me gusta muchísimo.
Supongo que si alguien me conociera en profundidad le parecería una elección muy acertada.