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La Coctelera

lacazadoraderratas

14 Septiembre 2008

Ojo de liebre (1ª parte)

(Para Paco Salinas y su Baja California.)

Al amanecer ya estaban allí. No sé cuándo llegaban, tal vez entraban en la laguna y ya no salían hasta el momento de marchar hacia el norte, hacia las aguas frías, tal vez no podían salir por los pequeños y esperasen a que éstos crecieran, ya que las orcas merodeaban fuera dispuestas a atacar a los más débiles; no sé, nunca lo pregunté.

Me levantaba apenas veía definirse los contornos de los pocos muebles de la habitación; una cómoda cuyos cajones nunca debieron de ajustar bien, sin lustrar, y una mesita coja. La ventana no tenía persianas como en mi piso de España, y mis ojos se abrían sin remedio en cuanto la oscuridad se rompía.

Recuerdo aquellos tiempos que pasé sin remedio, también yo detenida como las ballenas, en un destartalado café-bar de la Baja California. Había llegado allí con M., el plan era recorrer la península de sur a norte a bordo de un 4x4 alquilado, a través del desierto de cirios por la única carretera que la dividía como una serpiente dejando su estela negra en la tierra calcárea y caliente, y hubiera sido una especie de luna de miel si M. no se hubiese marchado. Era febrero, éramos nosotros, y dejamos de serlo. Fue tan fácil, tan repentino y precipitado nuestro final, que ya nada ha vuelto a sorprenderme desde entonces. Estábamos juntos y nos queríamos al iniciar las vacaciones, y nuestra unión se fundió al sol del desierto como si en realidad hubiéramos llegado allí para separarnos, como si al exponerla a aquel paisaje áspero e inmutable, no hubiera resistido su mirada cruel sobre lo que no habíamos sabido construir.

No voy a hablar de culpables, ahora acepto que muchas cosas pasen sin mi consentimiento, el hecho es que M. se marchó y yo no fui capaz de moverme de la bahía Ojo de liebre. Ayudaba a servir los desayunos, más por distracción y cortesía que por compromiso; el precio de la única habitación disponible era tan exiguo que me parecía justo echar una mano, y tenía el resto del día libre para vagabundear por la playa. No sabía qué hacía allí, no sabía por qué no podía regresar a casa, seguramente sentía que no había ningún sitio para mí donde antes había habido mi hogar; creo que tenía miedo de volver a realidades desgastadas de tan conocidas, aquello parecía ser lo mejor que la vida podía ofrecerme, o yo lo creía así. De modo que me levantaba al alba, me vestía despacio, y bajaba por la chirriante escalera de madera que desembocaba en el comedor.

Por lo general, el dueño, el señor Moreno, un viejo mexicano amante de los gatos, me recibía con una afectuosa sonrisa y una taza de café aguado, y tras entretenerme con una interminable charla que nunca variaba centrada en las biografías de sus mascotas, me dejaba ayudarle. Había algo en ese hombre que me reconfortaba, no era solo su gracioso modo de hablar, pues abusaba de los diminutivos, era que nunca me preguntó nada acerca de mis motivos para quedarme allí, creo que ni siquiera le extrañaba; el señor Moreno debía de ser de esas personas que aceptan cualquier hecho sin sorprenderse.

Yo preparaba las mesas sin pensar, echando ojeadas constantes al largo ventanal que recorría el salón, dispuesta a salir al porche en cuanto vislumbrara en el agua el movimiento de las ballenas grises.

Ojo de liebre está considerada reserva de la biosfera, y el establecimiento donde me encontraba era el único edificio que la vista podía alcanzar, un rectángulo de cemento verduzco levantado en la nada. Un bloque absurdo carente de toda belleza que parecía pedir perdón de su existencia y de su permanencia, allí donde la playa pedía continuidad y silencio.

Hacia las 9 de la mañana comenzaban a llegar los primeros turistas. Se atiborraban de burritos y enchiladas, tortillas y café americano, y luego iban subiendo en turnos civilizados a las pangas que los pescadores conducían calmosamente hasta el centro de la bahía para que los hermosos cetáceos pudieran verles. Solía pensar que lo que hacían era acercar aquella humanidad absurda, sudorosa y enrojecida, a la mirada escrutadora y siempre curiosa de los grandes mamíferos. Yo misma me hacía llevar a menudo en una de aquellas inestables barcas a motor hasta alcanzar un punto determinado de la ensenada, y allí me quedaba durante horas, envuelta en nubes de bobitos, atisbando las aguas hipnotizada. Recuerdo todavía con placer el sabroso chapaleteo del mar contra la panga, las tonalidades del cielo en el horizonte, el azul delicado como una acuarela, el rosa sedoso que podía virar al lila e incluso alcanzar un rojo dramático algunas veces, y el fuerte olor a sal. Debido a la proximidad de las salinas allí la densidad del agua era mayor que en mar abierto, lo que facilitaba a los cetáceos el apareamiento y el parto. (Continuará.)

servido por lacazadoraderratas 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Joaquín Raúl  Martínez López

Joaquín Raúl Martínez López dijo

Ya estás en mi lista de amigos, gracias por tus cuentos, si nadie te lo ha dicho aún. La fábula del perro "verde" es formidable. Saludos, Jo.

14 Septiembre 2008 | 09:12 PM

lacazadoraderratas

lacazadoraderratas dijo

Gracias a ti por leerme, Joaquín.

14 Septiembre 2008 | 10:01 PM

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