Algunos somos frágiles aquí. Vivimos en un intento de equilibrio esforzado y constante que nos obliga a adoptar posturas en ocasiones ridículas, tensas, imposibles, en la búsqueda de una rutina preciosa para seguir en la cuerda con los otros, que son más fuertes y no nos comprenden bien. La mayor parte del tiempo sentimos un cuchillito pequeño, de un doble filo cruel, tajando el corazón o el estómago, e inventamos toda clase de historias imaginativas (la creatividad no suele fallarnos) para ser capaces de tratar con el otro, incluso con quienes son nuestros iguales.
Cuando alguno de estos pobrecitos que somos cae, los demás chasqueamos la lengua y meneamos lentamente la cabeza en un gesto de conmiseración, con la compasiva esperanza de que lo veremos levantarse y volver a la cuerda, donde de nuevo luchará por su precario equilibrio.
Los rotos somos terribles al relacionarnos. En silencio, en secreto, no aceptamos a los enteros, odiamos su manifiesta e injusta "normalidad", sus capacidades para la no desintegración, la no deconstrucción, los vínculos importantes y duraderos, sus identificaciones necesarias para seguir existiendo. Pero tampoco nos resulta sencillo conversar entre nosotros, vernos; tras un inicio deslumbrante, y dependiendo de nuestro carácter, es lo natural que nos ataquemos o nos ignoremos con una indiferencia y frialdad que no hace sino ocultar, proteger, guardar, la herida siempre abierta, las filtraciones irreparables, la caverna donde vive el oscuro vacío, el agujero negro que nunca llenaremos, la desesperación de sabernos en un mundo, en un medio, en un discurso que
No podría amarte. Si lo intentara sólo estaría interpretando al amor. No podría olvidar tus errores, ni aquellas faltas que me molestan, aunque agradaran a otros, y depende mucho del día que haga, del dinero ganado, del dolor o el placer que siento en que pueda dirigirme cariñosamente a ti. Claro que te quiero, cómo no iba a quererte, me gusta pasear contigo las calles a última hora de la tarde, cogidos de la mano, y contarte cuentos de los que desconozco el final, me gusta el modo en que te beso, soñar con dormir a tu lado en invierno. Pero no podría amarte.
Para amarte yo tendría que haber rescatado mi amor del altar donde fue inmolado, haber corrido con él cuando aún palpitaba con su sangre, cuando aún, caliente, era tierno y generoso. Tendría que haber amado mi amor más que a quien mi amor amaba, y así, tal vez ahora, una antigua mentira podría ofrecerte.
Si yo hablara todas la lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que un bronce que resuena y campana que toca.
Si yo tuviera el don de la profecía, conociendo las cosas secretas, con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy.
Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve. El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante.
No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor. Pero el mayor de los tres es el amor.
Así como los perros muerden, son desconfiados y a menudo vuelven con el rabo entre las piernas y una mirada conciliadora, las caracolas son caprichosas y celosas y las estrellas representan un peligro cierto, las escolopendras son un misterio.
Se sabe que buscan el abrigo de órganos encarnados y palpitantes, aman pues los corazones cálidos y generosos, cuando los encuentran anidan en ellos por tiempo indefinible, de hecho no se ha logrado ver a ninguna abandonar un buen corazón caliente. Las escolopendras son reconocibles por sus ojos achinados, oscuros y estirados hacia las sienes; son amablemente tramposas y manipuladoras, y si no encuentran el camino franco hacia la comodidad de un organismo, son capaces de alterar la realidad de un modo encantador y alarmante, provocando tal avalancha de emociones en el elegido para su capricho que no habrá escape posible.
Las escolopendras son neuróticas y seductoras, sinuosas de movimientos como las serpientes, pero mucho más sibilinas. Son, sin duda alguna, y cualquiera que las conozca confirmará que no exagero, unas vitriólicas. No se sabe aún por qué una escolopendra pone la proa en alguien determinado (no es sólo la temperatura de un cuerpo), se ignora qué mecanismos utilizan para abatirlo, nunca se ha podido sorprender a una en el instante de adueñarse de su preferido, ni se tiene idea de cómo logran entrar y enroscarse en el interior más cómodo. No se ha descubierto aún qué hacen ahí dentro ni cómo obligarlas a salir una vez han entrado.
A pesar de lo dicho, yo recomendaría que, llegado el caso, os entreguéis sin gran resistencia. Pensad que por lo que parece sólo gustan de los valientes y aceptadlo en silencio.
Paso a través de ti cruzando humo, sueños, deseos irrealizables. Te siento al recorrerte, al pasearte, al entrarte y salir; eres una cueva cálida con sonido de agua al fondo, un refugio a veces, una trastienda ampliada por las sombras. Te huelo para llevarte en la memoria; nada mejor que regresarte con tu aroma. Noto tu inconsistencia al adentrarme; me perturba, vibro un instante como una cuerda finísima y me dejo ir en una nota musical que se pierde en el silencio.
En ocasiones, al apearme, me has mirado como si pudieras verme; no esta carne, no estos cabellos, no esta piel (soy otra cuando vagabundeo tu nada, paladeo tu fantasía, la ilusión que crees ser). Me has mirado sabiéndome y por un instante en la tarde, por un momento en la noche, he ansiado ser, he podido ser una realidad para dar forma, para contener, para impresionar y plasmar la imagen que luego te ofrezco como un daguerrotipo en sepia de ti.
Demasiado poco duran las noches ahora. Y no duerme nada. Esa luz blanca ilumina con crueldad indiferente y pasa las horas, insomne, tumbada en la cama, las sábanas en desorden, tibias, oyendo ruidos que tal vez no existen e inventando un sol de medianoche, el ártico, nieve y perros que corren.
Cierra los ojos, suspira, percibe su cuerpo de modo irreal, una dimensión absurda, como el de un ser gigantesco, inútil, torpe, varado en el lecho sin remedio. Vuelve la cabeza hacia la derecha y le mira. Él duerme, o tal vez sólo esté representando el sueño para atraparlo, se convierte en lo que el tiempo demanda. Ella, mientras, se obsesiona con las transformaciones, con las metamorfosis del día, con la negrura violada. Con el peso impuesto del que aún no quiere liberarse. No se mueve, si lo intentase ¿podría?; y se enciende, como a diario, el temor de la sangre, esa evidencia del delito. Envueltos por la nueva perversión de la noche, inmersos, sumergidos, respiran una diafanidad inconcreta, esa pura angelidad, esa locura mansa de pluma de cisne, como si todo (ellos son todo ahora) hubiera de morir hubiera ya muerto.
Nacerá en abril, piensa. El único amor sin límites.